
DOS
Filadelfia, viernes, 21 de febrero. Ocho de la mañana
Tracy Whitney salió de su departamento y se sumergió en la densa llovizna que caía sobre las lustrosas limusinas que recorrían la calle Market y sobre las casas abandonadas que se apretujaban en los barrios bajos de Filadelfia Norte.
La lluvia hacía brillar autos y edificios y ablandaba los montones de basura acumulados frente a las casas descuidadas. Tracy iba a su trabajo. Caminó con paso ágil por la calle Chesnut en dirección al Banco; sentía ganas de cantar. Su impermeable y botas amarillas eran visibles desde lejos y usaba un sombrero para lluvia que apenas si cubría su mata de brilloso pelo castaño. Tenía veinte años, un rostro vivaz, boca sensual, unos ojos chispeantes y de color indefinible y una figura delgada, atlética. Su piel iba del blanco translúcido al rosa intenso, según su estado de ánimo.
Una vez su madre le había dicho:
Sinceramente, querida, a veces no te reconozco. Tienes una notable capacidad de mimetismo cromático.
La gente se daba la vuelta para sonreírle, casi consciente de la felicidad que brillaba en su cara. Ella les devolvía la sonrisa.
Es casi una inmoralidad sentirse tan contenta -pensó Tracy-. Voy a casarme con el hombre que amo, tendré un hijo de él. ¿Qué más puedo pedir?
Cuando estaba a punto de llegar al Banco, miró la hora. Las ocho y veinte. Faltaban diez minutos para que se abrieran las puertas del «Philadelphia Trust and Fidelity» para los empleados, pero Clarence Desmond, vicepresidente a cargo del departamento internacional, ya estaba desconectando la alarma exterior y abriendo la puerta. A Tracy le gustaba presenciar el diario ritual. Se detuvo a esperar bajo la lluvia; vio a Desmond entrar y cerrar la puerta con llave. En todo el mundo los Bancos poseen sistemas secretos de seguridad y el «Philadelphia Trust» no era una excepción.
