La rutina nunca variaba, salvo la señal en clave que se modificaba semanalmente. Esa semana la señal era una persiana a medio bajar. Desde afuera, los empleados sabían, al verla, que se estaba realizando una inspección con el fin de comprobar que no hubiese intrusos en el edificio. Clarence Desmond revisó los lavabos, el tesoro, el sector de cajas de seguridad. Sólo cuando estuvo seguro de que no había nadie, hizo levantar la persiana para avisar que todo seguía bien.

El contador principal era siempre el primero al que se le permitía el acceso. Ocupaba su lugar junto a la alarma de emergencia hasta que hubiesen entrado los demás empleados, y luego cerraba la puerta con llave.

A las ocho y media, Tracy penetró en el bello salón con sus compañeros, se quitó impermeable, sombrero y botas, y se divirtió con los comentarios de los demás acerca del tiempo lluvioso.

– Este viento de mierda me ha estropeado el paraguas -se lamentó una joven-. Estoy empapada.

– Vi pasar dos patos nadando por la calle Market -bromeó el jefe de los cajeros.

– Según el pronóstico, esta lluvia puede seguir una semana más. Cómo me gustaría estar en Florida -dijo otro empleado desde su escritorio.

Tracy sonrió y se dispuso a trabajar. Estaba a cargo del departamento de transferencia por cable. Hasta poco tiempo atrás, la transferencia de dinero de un Banco a otro, o de un país a otro, había sido un proceso lento y engorroso, que exigía llenar infinidad de formularios y depender del servicio nacional e internacional de Correos. Con el advenimiento de las computadoras, la situación cambió drásticamente y enormes sumas de dinero pudieron ser remitidas en forma instantánea de un sitio a otro. La tarea de Tracy consistía en extraer del ordenador los datos de transferencias nocturnas y enviarlas a otros Bancos. Todas las operaciones se realizaban en un código que de vez en cuando se cambiaba para impedir la actuación de personas no autorizadas. Millones de dólares electrónicos pasaban por sus manos diariamente. Era un trabajo fascinante, la sangre que alimentaba las arterias de los negocios de todo el orbe y, hasta que apareció Charles Stanhope III en su vida la labor bancaria le había parecido lo más maravilloso del mundo.



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