En un primer momento, Tracy no quedó muy impresionada por Charles Stanhope III, pese a estar al tanto de que se le consideraba el soltero más apetecible de Filadelfia. Charles tenía treinta y cinco años, y era el heredero de una de las familias más tradicionales de la ciudad. Con su metro ochenta de estatura, sus ojos castaños y sus modales algo distantes, le resultó uno de esos típicos ricachones aburridos.

Como si le leyera los pensamientos, Charles se inclinó sobre la mesa y declaró:

– Mi padre está convencido de que en el sanatorio le dieron el bebé equivocado.

– ¿Cómo?

– Soy la antítesis de él. Sucede que para mí, el dinero no es el fin supremo de la vida. Pero, por favor, nunca le cuentes lo que he dicho:

Lo manifestó con tal sencillez y encanto que Tracy sintió una súbita simpatía por él. Me pregunto cómo sería estar casada con una persona tan rica y poderosa…

El padre de Tracy se había dedicado la mayor parte de su vida a la creación de una empresa que los Stanhope habrían considerado insignificante. Los Stanhope y la gente como yo jamás podrían alternar -pensó Tracy-; somos como el agua y el aceite. Pero, ¿por qué pienso estas idioteces? Un hombre me invita a cenar y ya estoy pensando si quiero casarme con él. Lo más probable es que nunca volvamos a vernos.

Charles le dijo en ese momento:

– Podemos salir a cenar mañana, si quieres…


La vida nocturna de Filadelfia era deslumbrante. Los sábados por la noche, Tracy y Charles iban al ballet o a los conciertos de la orquesta municipal. Durante la semana exploraban la selecta colección de tiendas de Society Hill, o iban a recorrer el Museo de Arte o el de Rodin.


A Charles no le interesaba mucho la gimnasia pero a Tracy sí, de modo que los sábados por la mañana ella iba a correr por el parque. Los sábados por la tarde iba a clase de tai chi ch'un, y luego de una hora de agotadora gimnasia, se dirigía feliz al departamento de su novio. Charles era todo un gourmet, que disfrutaba preparando platos exóticos para ambos.



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