
– Por favor, Herr Gunther. No me parece aconsejable hablar de esa forma. Nos puede acarrear problemas a los dos. Por sus palabras, se diría que no está bien contratar a nacionalsocialistas.
Se tenía por demasiado refinado para usar un término como «nazi».
– No me malinterprete -dije-. Aprecio a los nazis lo justo. Tengo la sensación de que el noventa y nueve coma nueve por ciento de ellos se dedica a difamar injustamente al cero coma uno restante.
– Por favor, Herr Gunther.
– Por otra parte, es de esperar que cuenten con secretarias excelentes. Por cierto, precisamente el otro día pasé por la sede de la Gestapo y vi a unas cuantas.
– ¿Fue usted a la sede de la Gestapo?
Se ajustó el cuello de la camisa, porque debía de apretarle la nuez, que no paraba de subir y bajar como un montacargas.
– Sí. He sido policía, ¿recuerda? La cuestión es que un amigo mío lleva un negociado de la Gestapo que da empleo a un nutrido grupo de taquimecanógrafas. Rubias, de ojos azules, cien palabras por minuto… y eso, sólo en confesión voluntaria, sin interrogatorio. Cuando les aplican el potro y las empulgueras, las señoritas tienen que escribir mucho más rápido.
Un agudo malestar seguía revoloteando en el aire frente a Behlert como un avispón.
– ¡Qué particular es usted, Herr Gunther! -dijo sin fuerzas.
– Eso fue más o menos lo que dijo mi amigo de la Gestapo. Mire, Herr Behlert, disculpe que conozca su terreno mejor que usted, pero me parece que lo último que necesita el Adlon es una persona que asuste a los clientes hablando de política. Algunos son extranjeros, unos cuantos son también judíos, pero todos son un poco más exigentes en cuestiones como la libertad de expresión, por no hablar de la libertad general de los judíos. Déjeme buscar a la persona adecuada, que no tenga intereses políticos de ninguna clase. De todos modos tendría que comprobar los antecedentes de quienes se presenten… Por otra parte, me gusta buscar chicas, aunque sean de las que se ganan la vida honradamente.
