– De acuerdo, si no tiene inconveniente… -sonrió con sarcasmo.

– ¿Qué?

– Eso que ha dicho hace un momento me ha recordado otra cosa -dijo Behlert-: lo cómodo que era antes hablar sin estar pendiente de que te oyeran.

– ¿Sabe cuál creo que es el problema? Que antes de que llegaran los nazis nadie decía libremente nada que mereciese la pena escuchar.


Aquella noche me fui a un bar de Europa Haus, un pabellón geométrico de cristal y cemento. Había llovido y las calles estaban negras y relucientes; el enorme conjunto de oficias modernas -Odol, Allianz, Mercedes- parecía un gran crucero surcando el Atlántico con todas las cubiertas iluminadas. Un taxi me dejó en el extremo de proa y entré en el Café Bar Pavilion a ayustar la braza de la mayor y a buscar a un miembro de la tripulación que pudiese sustituir a Ilse Szrajbman.

Por descontado, tenía otro motivo para haberme prestado voluntariamente a cumplir una tarea tan arriesgada. Tendría algo que hacer, mientras bebía, algo mejor que sentirme culpable por haber matado a un hombre. Al menos, era lo que esperaba.

Se llamaba August Krichbaum y casi toda la prensa había informado de su muerte, porque, al parecer, había un testigo que me había visto asestarle el golpe mortal. Por suerte, en el momento de la muerte de Krichbaum, el testigo estaba asomado a una ventana de un piso alto y sólo había podido ver la copa de mi sombrero marrón. Al describirme, el portero había dicho que se trataba de un hombre de unos treinta años con bigote; me lo habría afeitado nada más leerlo, si lo hubiera tenido. El único consuelo fue que Krichbaum no dejaba esposa ni hijos y, además, se trataba de un antiguo miembro de las SA, afiliado al Partido Nazi desde 1929. De todos modos, mi intención no había sido matarlo, al menos no de un puñetazo que le bajara la presión sanguínea y el ritmo cardiaco hasta que se parase el corazón.



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