
El Pavilion estaba lleno, como de costumbre, de taquimecanógrafas con sombrero cloche. Incluso hablé con unas pocas, pero no me pareció que ninguna tuviese lo que más necesitaban los clientes del hotel, aparte de dominar la taquimecanografía. Yo sabía cómo tenía que ser, aunque Georg Behlert lo ignorase. Era necesario que la candidata poseyera cierto encanto, exactamente como el propio hotel. Lo bueno del Adlon era su calidad y eficiencia, pero lo que le daba fama era su encanto y por eso lo frecuentaba la gente más refinada. Por ese mismo motivo atraía también a lo peor y ahí entraba yo… y últimamente con mayor frecuencia por las noches, desde que Frieda se había ido. Porque, a pesar de que los nazis habían cerrado casi todos los clubs de alterne que, en el pasado, habían convertido Berlín en sinónimo de vicio y depravación sexual, todavía quedaba un contingente considerable de chicas alegres que hacían la carrera más discretamente en las maisons de Friedrichstadt o, con mayor frecuencia, en los bares y vestíbulos de los grandes hoteles. Al salir del Pavilion rumbo a casa, hice un alto en el Adlon sólo por ver qué tal iban las cosas.
Carl, el portero, me vio apearme de un taxi y salió a mi encuentro con un paraguas. Se le daba bien lo del paraguas; también las sonrisas y la puerta, pero poco más. No es lo que yo consideraría una gran carrera, pero, gracias a las propinas, ganaba más que yo. Mucho más. Frieda tenía la firme sospecha de que Carl se había acostumbrado a cobrar propinas a las chicas alegres a cambio de permitirles el acceso al hotel, pero ni ella ni yo habíamos podido sorprenderlo con las manos en la masa ni demostrarlo de ninguna otra forma. Flanqueados por dos columnas de piedra, cada una con un farol tan grande como el casquillo de un obús de cuarenta y dos centímetros, nos quedamos los dos un momento en la acera a fumar un cigarrillo, más que nada, por ejercitar los pulmones. Sobre el dintel de la puerta había una sonriente cara de piedra; seguro que había visto los precios del hotel: quince marcos la noche, casi un tercio de lo que ganaba yo a la semana.
