– Me gustaría marcharme, señor -le dije-, pero no me lo puedo permitir, de momento. Para instalarse por cuenta propia hace falta dinero.

– ¿Por qué no recurres a alguien de tu tribu que te lo preste?

– ¿Mi tribu? ¿Se refiere a…?

– Una cuarta parte de judío. Seguro que eso sirve de algo, a la hora de recaudar un poco de dinero contante y sonante.

Me indigné y me enfadé como si me hubiesen abofeteado. Podía haberle contestado una grosería, ya que era un matón. En eso tenía razón él. En cambio, preferí hacer caso omiso del comentario. Al fin y al cabo, se trataba del Káiser.

Subí al último piso y empecé la ronda nocturna por la tierra de nadie en que, a esas horas, sumidos en la penumbra, se convertían los pasillos y los rellanos. Tenía los pies grandes, eso era verdad, pero hacía tan poco ruido sobre las alfombras turcas que, de no haber sido por el leve crujido de cuero de mis mejores zapatos Salamander, parecía el fantasma de Herr Jansen, el subdirector del hotel que se había suicidado en 1913 a raíz de un escándalo relacionado con el espionaje ruso. Se decía que Jansen había envuelto el revólver en una gruesa toalla de baño para que el estampido no alarmase a los huéspedes. Seguro que se lo agradecieron mucho.

Al llegar al ala de Wilhelmstrasse y volver un recodo del pasillo, vi la silueta de una mujer que llevaba un abrigo ligero de verano. Llamó discretamente a una puerta. Me detuve y esperé a ver qué pasaba. La puerta no se abría. La mujer volvió a llamar y, al momento, pegó la cara a la madera y dijo:

– Oiga, abra. Ha llamado usted a la pensión Schmidt y ha solicitado compañía femenina, ¿se acuerda? Pues, aquí me tiene. -Esperó otro poco y añadió-: ¿Quiere que se la mame? Me gusta mamarla y se me da bien. -Soltó un suspiro de desesperación-. Mire usted, sé que he llegado un poco tarde, pero no es fácil encontrar un taxi cuando llueve, conque ábrame, ¿de acuerdo?



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