
– En eso tiene razón -dije-, a mí me ha costado lo mío cazar uno. Un taxi.
Nerviosa, se volvió a mirarme. Se llevó la mano al pecho y soltó una bocanada de aire que se convirtió en risa.
– ¡Ay, qué susto me ha dado! -dijo.
– Lo siento, no era mi intención.
– No, no pasa nada. ¿Es ésta su habitación?
– No, por desgracia -dije con sinceridad.
A pesar de la poca luz, se notaba que era una belleza. Lo cierto era que olía como si lo fuera. Me acerqué.
– Pensará usted que soy muy tonta -dijo-, pero el caso es que se me ha olvidado el número de mi habitación. Estaba cenando abajo con mi marido, discutimos por un asunto, me marché hecha una furia… y ahora no sé si nuestra habitación es ésta o no.
Frieda Bamberger la habría echado y habría avisado a la policía y, en circunstancias normales, yo también, pero, en alguna parte del trayecto entre el Pavilion y el Adlon, había decidido volverme un poco más tolerante, un poco menos expeditivo a la hora de juzgar… por no decir un poco menos rápido a la hora de atizar un puñetazo en el estómago a cualquiera. Sonreí, me había hecho gracia el valor de la mujer.
– A lo mejor puedo ayudarla -dije-. Trabajo en el hotel. ¿Cómo se llama su marido?
– Schmidt.
Un nombre acertado, teniendo en cuenta la posibilidad de que la hubiese oído decirlo antes. El único inconveniente era que yo sabía que la pensión Schmidt era el burdel más lujoso de Berlín.
– Hummm… hum.
– Lo mejor sería bajar al vestíbulo y preguntar al recepcionista, a ver si puede decirme a qué habitación tengo que ir.
Eso lo dijo ella, no yo, con la frialdad de un carámbano.
– ¡Ah! Seguro que no se ha equivocado de habitación. Que se sepa, Kitty Schmidt jamás se ha equivocado en algo tan elemental como dar el número de habitación correcto a una de sus chicas.
