
– Creo que ha habido un error.
– Y lo ha cometido usted. -La agarré del brazo-. Es mejor que me acompañe, fräulein.
– ¿Y si empiezo a chillar?
– Entonces -dije, sonriendo-, despertará a los clientes, pero eso no le conviene. Vendría el director de noche, yo me vería obligado a llamar a la pasma y la encerrarían hasta mañana. -Suspiré-. Por otra parte, es tarde, estoy cansado y preferiría sacarla de aquí por la oreja sin más.
– De acuerdo -dijo ella con brío.
Y se dejó llevar por el pasillo hasta las escaleras, que estaban mejor iluminadas.
Al poder mirarla convenientemente, vi que su abrigo largo terminaba en un bonito remate de pieles. Debajo llevaba un vestido de color violeta de una tela tan fina como la gasa, medias blancas, opacas y satinadas, un par de elegantes zapatos grises, dos largas sartas de perlas y un sombrerito cloche de color violeta, también. Llevaba el pelo castaño y bastante corto, tenía los ojos verdes y era una preciosidad, conforme al canon de mujer delgada y de apariencia de muchacho que todavía se llevaba, aun en contra de los esfuerzos de los nazis por convencer a las mujeres alemanas de que lo bueno era parecerse, vestirse y, por lo que yo sé, también seguramente oler como las lecheras. La chica que estaba en las escaleras a mi lado no habría podido parecer una lechera ni aunque hubiese llegado en alas del céfiro a bordo de un obús.
– ¿Me promete que no me entregará a los gorilas? -dijo mientras bajábamos.
