
– Si se porta bien, sí, se lo prometo.
– Porque, si tengo que presentarme ante el juez, me encerrará y perderé mi trabajo.
– ¿Así lo llama usted?
– ¡Ah, no! No me refiero al fulaneo -dijo ella-. Sólo lo hago un poco cuando necesito un pequeño sobresueldo para ayudar a mi madre. No, me refiero a mi trabajo de verdad. Si lo pierdo, tendré que hacer de pelandusca a jornada completa y no me gustaría. Hace unos años no habría sido así, pero ahora las cosas han cambiado. Hay mucha menos tolerancia.
– ¡Qué cosas se le ocurren!
– De todos modos, parece usted buena persona.
– No todos opinan lo mismo -dije con resentimiento.
– ¿A qué se refiere?
– A nada.
– No es usted judío, ¿verdad?
– ¿Lo parezco?
– No. Es por el tono… del comentario. Eso lo dicen a veces los judíos, aunque a mí me importa un comino lo que sea cada cual. No entiendo a qué viene tanto lío. Todavía no he conocido a ningún judío que se parezca a los de las estúpidas tiras cómicas, aunque debería, porque trabajo con uno que es el hombre más amable que se pueda imaginar.
– ¿Y qué hace usted, exactamente?
– No es necesario que lo diga con retintín, ¿eh? No me lo come, si se refería a eso. Soy taquimecanógrafa y trabajo en Odol, la empresa de dentífrico. -Lanzó una espléndida sonrisa, como presumiendo de dientes.
– ¿En Europa Haus?
– Sí. ¿Qué tiene de gracioso?
– Nada, es que acabo de venir de allí. Por cierto, fui a buscarla a usted.
– ¿A mí? ¿Qué quiere decir?
– Olvídelo. ¿Qué hace su jefe?
– Lleva los asuntos legales -sonrió-. Ya, qué contradicción, ¿verdad? Yo, trabajando en asuntos legales.
– Es decir, que alquilar el conejo no es más que un pasatiempo, ¿eh?
Se encogió de hombros.
– Ya le he dicho que necesitaba un sobresueldo, aunque hay otra razón. ¿Ha visto Grand Hotel?
– ¿La película? Claro.
– ¿No le pareció maravillosa?
