
El objetivo se llamaba Yasuhiro Kawamura. Era un burócrata de carrera vinculado al Partido Liberal Democrático, o PLD, la coalición política que ha gobernado Japón casi sin interrupción desde la guerra. En aquel momento ocupaba el cargo de viceministro del territorio e infraestructura en el Kokudokotsusho, sucesor del antiguo Ministerio de la Construcción y el Transporte, y no cabía duda de que había hecho algo que había ofendido gravemente a otra persona porque los clientes sólo me llaman en caso de ofensa grave.
Escuché la voz de Harry en el oído.
– Va a entrar en la frutería Higashimura. Le esperaré más adelante.
Ambos llevábamos un auricular controlado por microprocesador de fabricación danesa, lo suficientemente pequeño como para introducirlo en el canal auditivo y necesitar una linterna para encontrarlo. Éste actuaba en conjunción con un transmisor de voz del mismo tamaño que llevábamos bajo la solapa de la americana. Las transmisiones eran ráfagas en UHF, que resultaban muy difíciles de captar si no se sabía exactamente lo que se buscaba, y estaban, en todo caso, codificadas. El equipamiento nos evitaba tener que mantener contacto visual permanente y nos permitía seguir moviéndonos un rato si el objetivo se detenía o cambiaba de dirección. Así pues, aunque yo me encontraba demasiado atrás para verlo, sabía por dónde había salido Kawamura y podía seguir caminando antes de detenerme para seguir guardando la misma distancia que manteníamos. La vigilancia en solitario resulta complicada y me alegraba de poder contar con Harry.
Entré en una farmacia a unos veinte metros de la Higashimura, una de las docenas de estructuras de fachada abierta que flanquean Dogenzaka y que satisfacen la obsesión japonesa por las panaceas para la salud y la lucha contra los gérmenes.
