Shibuya alberga muchas buzoku, o tribus, distintas, y varios miembros de algunas de ellas estaban representados allí esa mañana, unidos por la necesidad común de disponer de una de las famosas botellas de tónicos energéticos en los que se especializaba el establecimiento, tónicos supuestamente enriquecidos con ginseng y otros ingredientes exóticos cuyo efecto, no obstante, es más prosaico que la sacudida de la cafeína normal y corriente. Había varios sarariman -«hombres asalariados», los trabajadores de las corporaciones- vestidos con traje gris haciendo cola en la caja, con expresión adusta y maletines baratos colgando de sus manos cansadas, fortaleciéndose para otro día más en las fauces de la maquinaria corporativa. Detrás de ellos, dos adolescentes con expresión vacía, el pelo reducido a un estropajo debido a los tintes utilizados para volverlo naranja, las narices agujereadas con aros descomunales, y una vestimenta destinada a proclamar el rechazo del camino tradicional escogido por los sarariman que tienen delante, pero sin ofrecer explicación alguna del que ellos han elegido. Y un jubilado de pelo cano, con la piel flácida pero con el rostro curiosamente radiante, que con toda probabilidad ha venido a Shibuya para disfrutar de uno de los bien conocidos servicios sexuales de la zona, que pagará con una cuenta de pensionista que oculta a su esposa, sin ser consciente de que ella sabe qué trama y, sencillamente, le da igual.

Quería darle a Kawamura unos tres minutos para comprar la fruta antes de que yo saliera, por lo que me entretuve mirando una selección de vendajes en una zona que me permitía ver la calle. Por la forma en que había entrado en la tienda parecía un movimiento calculado para burlar la vigilancia y eso no me gustaba. Si no hubiéramos estado interconectados como estábamos, Harry tendría que haberse detenido de forma brusca para mantener su posición tras el objetivo. Tendría que haber hecho algo ridículo, como atarse los cordones de los zapatos o leer un cartel de la calle, y Kawamura, que con toda seguridad estaría escudriñando el exterior desde la entrada de la tienda, se habría fijado en él. En vez de eso, Harry continuaría más allá de la frutería; se detendría unos veinte metros más adelante, me informaría de su situación y se quedaría atrás cuando le dijera que se reanudaba el desfile.



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