
La frutería era un buen lugar para desviarse, demasiado bueno para alguien que sabía el camino como para elegirla por azar. Pero Harry y yo no íbamos a dejarnos engañar por tretas de aficionados salidas del manual antiterrorista de algún gobierno. He recibido ese tipo de instrucción, y sé lo útil que es.
Salí de la farmacia y seguí bajando por Dogenzaka más despacio que antes, porque tenía que darle tiempo a Kawamura para salir de la tienda. Me asaltaron varias preguntas de forma fugaz. ¿Hay suficiente gente entre nosotros para impedirle la visión si se gira cuando salga? ¿Por cuáles tiendas voy a pasar si necesito esconderme de repente? ¿Hay alguien mirando hacia la gente que se dirige a la estación, ayudando tal vez a Kawamura a impedir la vigilancia? Si había llamado la atención de alguien dedicado a la contravigilancia, ya se habría fijado en mí, porque antes iba a toda prisa para seguir el paso del objetivo y ahora me tomaba mi tiempo; la gente que va camino del trabajo no cambia el paso de ese modo. No obstante, Harry había sido el punto en movimiento, el que ocupaba una posición más llamativa, y yo no había hecho nada que llamara la atención antes de detenerme en la farmacia.
Volví a oír a Harry.
– Estoy en el uno-cero-nueve. -Se refería a que había llegado al famoso centro comercial 109, conocido por su colección de 109 restaurantes y tiendas con estilo.
– Malo -le dije-. La primera planta es la de lencería. ¿Vas a mezclarte con cincuenta jovencitas con uniforme azul marino que compran sujetadores con relleno?
– Pensaba esperar fuera -repuso, y me imaginé que se había sonrojado.
