La parte delantera del 109 es un punto de reunión habitual y suele estar lleno de una colección políglota de peatones.

– Lo siento, pensaba que ibas a por lencería -dije conteniendo las ganas de reír-. Quédate ahí y espera mi señal cuando lleguemos a tu altura.

– De acuerdo.

La frutería estaba apenas diez metros más adelante y seguía sin haber rastro de Kawamura. Tendría que aminorar la marcha. Estaba al otro lado de la calle, probablemente fuera del alcance de la vista de Kawamura, por lo que podía arriesgarme a pararme, quizá para juguetear con el teléfono móvil. Si miraba, de todos modos, me resultaría fácil mezclarme entre el gentío, gracias a los rasgos japoneses de mi padre. Harry, apodo de Haruyoshi, hijo de padres japoneses, nunca tiene que preocuparse por si llama la atención.

Cuando regresé a Tokio a comienzos de los años ochenta, mi pelo castaño, heredado de mi madre, actuaba como un chaleco reflectante para un cazador, y tuve que teñírmelo de negro para conseguir el anonimato que ahora me protege. Pero en los últimos años el país se ha vuelto loco por el chappatsu, o pelo teñido del color del té, y no tengo que preocuparme tanto por el tinte. Me gusta decirle a Harry que va a tener que ir de chappatsu si quiere encajar, pero Harry es demasiado otaku, un bicho raro, como para pararse a pensar en el aspecto personal. De todos modos, supongo que tampoco puede hacer gran cosa en ese sentido: le caracterizan una sonrisa torpe que siempre parece anteceder a un golpe, la tendencia a parpadear rápido cuando está emocionado y un rostro que nunca ha perdido la grasa infantil, redondez que acentúa la mata de pelo negro y grueso que, en los días malos, parece flotar por encima. Pero esas mismas cualidades que no le convertirán en rostro de portada de las revistas le confieren una discreción que contribuye a que vigile con eficacia.

Había llegado al punto de estar convencido de que tendría que pararme cuando Kawamura saliera de la frutería y se reintrodujera en la riada humana.



5 из 283