– Éste es mi hogar -dijo.

– Por supuesto -él recordó que era una Bingham. Merlyn County implicaba familia, raíces y riqueza.

– No me ha gustado el sonido de eso -protestó ella-. ¿Por qué «por supuesto»?

– Eres una de ellos.

– ¡Oh, por favor…! ¿Una Bingham? -arrugó la nariz-. Supongo que lo soy, técnicamente.

– Billy Bingham era tu padre. Eso sí que es técnico.

– No me siento como una de ellos. Sigo siendo la chica que creció en la pobreza. Una noche fantástica en mi casa era una película y comida rápida.

– Ahora es champán francés.

– ¿Pensarás peor de mí si te confieso que nunca he probado el champán francés? -rió ella.

– No te creo.

– Es verdad. No bebo mucho en cualquier caso y en las fiestas de la universidad se bebía cerveza, no eran reuniones de la alta sociedad. Y jamás bebo en presencia de los Bingham; me da miedo hacer algo mal.

– Sin embargo, quieres vivir en la puerta de al lado.

– Cierto -frunció el ceño-. Pero no es exactamente la puerta de al lado. Viven al otro lado de la ciudad.

Él pensó que las distancias allí eran pequeñas, pero decidió no comentarlo.

– No entiendo que no decidieras instalarte en París.

– Créeme -ella enarcó las cejas-. No hay tanto dinero. Aunque eso solucionaría el problema del champán, ¿no? Pero en el fondo soy una chica del campo.

– No tienes aspecto de chica del campo -dijo él, mirando significativamente su ropa bien cortada.

– Es de una liquidación -dijo ella, tocándose la falda-. Te asustarías si supieras lo poco que me costó.

– Lo dudo.

– Bueno, no entiendes de compras -soltó una risita-. Puede que ahora sea una Bingham, pero aún sé cómo estirar un dólar como si fuera chicle -era algo que había aprendido de su madre durante su infancia-. ¿Sigue tu hermana en la ciudad?



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