
– Sí. CeeCee trabaja en el Centro de Salud de la Mujer. Es comadrona.
– Sí, creo que recuerdo haberlo oído antes. Debe gustarle mucho su trabajo.
– Así es.
– ¿Y tú? -ladeó la cabeza-¿Disfrutas escalando hacia la cima corporativa?
– Cada centímetro.
– No creo que a mí me gustase -admitió ella con humor-. Pero dudo que mi tío Ron me invite a unirme a la junta directiva, así que no es problema.
Ronald Bingham, director ejecutivo de Empresas Bingham era conocido por su destreza en los negocios. Eric lo había visto algunas veces y no parecía de los que concedían favores a miembros de la familia.
– Quizá tendrías que empezar clasificando el correo -se burló él.
– No lo dudo -se volvió hacia él-. Oye, espera un segundo. Primero me dices que podría vivir en cualquier sitio y ahora que mi tío no me dará trabajo. Empiezo a tomármelo como algo personal. No quieres que vuelva aquí, ¿verdad?
– No he dicho eso -alzó las manos como si se rindiera-. Estoy encantado de que hayas vuelto.
– ¿En serio?
– Totalmente.
Los ojos verdes se oscurecieron un poco y la boca se relajó. Eric se descubrió estudiando su rostro; el humor se diluyó, dejando una estela de sutil tensión. Comprendió que era tensión sexual. El ambiente estaba cargado con ella. Sus dedos desearon acariciar la curva de su mejilla y tenía algunas cosas más eróticas en mente.
Era extraño que una mujer captara su atención en un día laboral. De hecho, hacía meses que ninguna la captaba. Se preguntó si Hannah lo atraía porque era la versión adulta de alguien que siempre le había gustado. Eso, unido a su inteligencia, agilidad mental y belleza la convertía en una mujer difícil de resistir. De hecho, se planteó que rendirse sería muy agradable.
– ¿Qué piensas? -preguntó ella suavemente.
