– No quieres saberlo.

– Quizá sí.

– Pensaba que has crecido -admitió-. Primero la escuela universitaria y después Derecho y ahora…

Arrugó la frente mientras echaba cuentas. Hannah era un par de años más joven que él; si había pasado cuatro años en la escuela universitaria, como era habitual, no había tenido tiempo de acabar Derecho.

– ¿Cuándo te licenciaste? -preguntó.

– ¿En Derecho?

Él asintió con la cabeza.

– Aún no lo hice -suspiró ella. Alzó una mano-. Lo sé, lo sé. Te mueres por darme una charla. Ya lo han hecho mis profesores. Necesitaba un respiro, así que lo dejé y volví a casa -perdió la mirada en la distancia-. Tenía que resolver algunas cosas.

Eric se tragó sus preguntas. Era una antigua amiga, pero no tenía derecho de cuestionar sus decisiones. Aunque no tuvieran sentido para él. No se abandonaba una licenciatura de una universidad como Yale; nunca.

– Cambiemos de tema -sugirió ella-. Suponiendo que quiera comprar la casa, ¿cuál es el paso siguiente?

– Tengo los documentos en la oficina. Te los daré y cuando revises todo tendrás que hacer una oferta. La venta dependerá de la aprobación del crédito, que en tu caso significa confirmar que tienes el dinero y de una inspección del edificio. Una vez resuelto eso, podríamos cerrar la venta en una semana más o menos.

– Eso es muy rápido. ¿Podría instalarme antes de fin de mes?

– Claro. Si es lo que quieres.

– Sí. Me alojo en el hotel Lakeshore Inn, que es muy agradable pero no es mi casa.

– ¿Y tu vivienda de New Haven?

– Era un apartamento de estudiante -encogió los hombros-. Nada de espacio y ventanas diminutas. No lo echaré de menos -señaló el terreno-. No con una casa preciosa y todo esto. Me muero por arreglar el jardín.

Él miró las plantas que invadían todo y el baño para pájaros. Sus nociones de horticultura consistían en saber que había que cortar el césped cuando estaba alto.



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