
– ¿Qué piensas hacer? -preguntó. Tenía que volver a la oficina pero no quería hacerlo aún. Hablar con Hannah bien se merecía trabajar hasta tarde después.
– El jardín delantero necesita mucho trabajo -dijo ella con entusiasmo-. ¿Te imaginas esto en verano? ¿Con los rosales trepadores y flores por todos sitios? Quiero quitar las malas hierbas del sendero y limpiar el baño para pájaros -señaló a la izquierda-. Y en el lateral de la casa voy a plantar bayas.
– ¿Bayas? -preguntó él.
– Sí. Fresas, arándanos y frambuesas. No darán fruto este año, pero el año que viene tendré buena cosecha.
– ¿Bayas?
– ¿Por qué repites eso? ¿No te gustan las bayas?
– Sí, claro, pero…
– Deja que adivine -puso los ojos en blanco-. No lo suficiente para plantarlas. Seguramente las compras en la tienda.
– A veces.
– Ya me imagino. Podrías tenerlas frescas, ¿sabes?
– Vivo en un apartamento con patio. No hay sitio.
– Pues aquí sí y me apetece. Mi madre y yo teníamos frambuesas y arándanos. Las comía todo el verano. A veces hacíamos helado.
– Suena muy bien -dijo él controlando la sonrisa.
– Búrlate todo lo que quieras, pero el verano que viene, cuando me supliques que te dé arándanos, te daré la espalda.
– No serías tan mala.
– Puede que no, pero te insultaría antes de dártelos.
– Hannah, te has convertido en una mujer fantástica -rió él.
– Gracias. Tú tampoco estás mal.
Ambos se habían hecho un cumplido, pero él dudaba que hubieran pretendido que la tensión y excitación creciera entre ellos, como una tormenta eléctrica. Se preguntó si ella sentía lo mismo y decidió comprobarlo.
– ¿Te apetece cenar conmigo mañana? -preguntó-. A no ser que haya un marido esperándote.
– No hay nadie -se metió el pelo tras la oreja-. Sí, me gustaría cenar contigo.
– Es una cita.
– Eso es muy serio -dijo ella abriendo los ojos.
