– ¿Preferirías que fuésemos como amigos?

– No -carraspeó-. Una cita es agradable; nunca he tenido una en Kentucky.

– ¿En serio? Tendré que darte una copia del manual. No querrás romper ninguna regla básica en la primera cita.

– Claro que no. La gente hablaría.

– Van a hablar de todas formas.

– Parece un pasatiempo universal -sonrió ella.

– Te recogeré en el hotel, ¿de acuerdo?

– Habitación catorce. ¿A qué hora?

– ¿Te parece bien a las siete?

– Muy bien.

– Lo he pasado muy bien -dijo él, mirando su reloj de pulsera-, pero tengo el escritorio lleno de papeles.

– Ya imagino que estás muy ocupado -señaló la puerta-. ¿Te importaría dejarla abierta para que pueda echar otro vistazo? Cerraré cuando me vaya.

– Haré algo mejor -le dio las llaves-. Puedes devolverlas mañana.

– ¿Estás seguro?

– Sí, confío en que no harás pintadas ni robarás los electrodomésticos.

– No creo que pudiera con el frigorífico -rió ella-. Pero me apetece volver con un metro y empezar a hacer planes.

– Como quieras. Entretanto yo pondré en marcha los papeles. Alguien traerá la información sobre la casa mañana.

– Cuánta eficacia -se levantó-. Estoy impresionada.

Él también lo estaba, pero por otras razones. Titubeó un momento; el deseo de besarla era muy fuerte y tenía la impresión de que no la molestaría. Pero ésa era una reunión de negocios y decidió esperar a la cena.

– Te veré mañana -hizo un gesto de despedida con la mano y fue hacia el coche. Estaba nervioso y excitado; ella le gustaba y mucho.


La tienda de artículos para el hogar que había a la salida de la ciudad era nueva. Hannah empujaba un enorme carro por los anchos pasillos, pensando que sería fácil perderse allí dentro. Se detuvo ante una colección de persianas que le embotó el cerebro.

– Y yo creía que la zona de las telas era demasiado grande… -murmuró para sí, observando las distintas texturas y colores disponibles.



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