
Su prioridad era decorar la planta superior, en la que viviría. Sin embargo, se había dado cuenta de que los dormitorios de abajo no tenían nada en la ventana y quería cubrirlas antes de instalarse. Tocó las persianas de plástico y las de metal. Había de madera, pero no quería hacer una inversión tan grande de momento.
– Siempre podría clavar unas telas -se recordó. Sería una solución fácil y barata.
Estaba encantada de tener que tomar ese tipo de decisiones. Apenas había mirado el contrato que había enviado Eric, pero ya se sentía dueña de la casa.
Sería el primer hogar real que tendría desde que su madre murió cuando ella tenía trece años. Hasta entonces había vivido felizmente en una vieja y dilapidada casa de dos dormitorios. Tenía muchas corrientes de aire y era pequeña, pero había sido su hogar. Después había pasado unas confusas semanas en la mansión de los Bingham, donde conoció a su padre por primera vez. El duelo por su madre y enfrentarse a una familia nueva había sido demasiado para ella. La alegró que decidieran enviarla a un internado para chicas.
Desde entonces había vivido en dormitorios comunes y últimamente, en un pequeño apartamento. Pero habían sido lugares temporales. Por primera vez en diez años iba a tener un sitio propio y se sentía muy bien.
Abandonó la confusión de las persianas y fue hacia la zona de jardinería. Quizá podrían informarla de si era demasiado tarde para plantar arbustos de bayas. Sonrió al imaginarse montones de hojas verdes y frutos brillantes y maduros. Su madre siempre había congelado varios kilos y hecho mermelada con las demás. Tendría que buscar una buena receta.
Rió para sí al imaginarse lo que pensarían sus amigos de la facultad de Derecho si supieran que la emocionaba comprar persianas y hacer mermelada casera. No la reconocerían.
En ciertos sentidos Hannah tampoco se reconocía. Por primera vez en su vida no estaba haciendo lo que todos esperaban y querían. Estaba haciendo lo mejor para ella.
