
Entró en una amplia zona cubierta, adosada al edificio principal, e inhaló el aroma de las plantas. Antes de que pudiera seguir el cartel que indicaba la zona dedicada a las bayas, alguien la llamó.
– ¿Hannah?
Se volvió y vio a un hombre alto y guapo caminando hacia ella. Hannah sintió alegría y también cierto disgusto. En una ciudad tan pequeña, era inevitable que se encontrara con algún miembro de su familia, pero no había contado con que ocurriese tan pronto.
Ronald Bingham, poderoso y encantador, dirigía Empresas Bingham con la facilidad de alguien nacido para el mando. Técnicamente era su tío, el hermano de su difunto padre, pero como no había crecido con él, lo consideraba simplemente el cabeza de familia.
– Sí, eres tú -dijo él, acercándose.
– Me has cazado en la sección de jardinería de un almacén de cosas para el hogar. ¿Qué va a decir la abuela? -exclamó ella con ligereza, para ocultar su nerviosismo.
– No tengo ni idea -Ron la abrazó y besó su mejilla-. Seguramente que estás preciosa -la apartó un poco para observarla-. Lo que sea que hayas estado haciendo te ha sentado muy bien, Hannah.
– Gracias -Hannah deseó que siguiera pensando lo mismo cuando contestase a las inevitables preguntas.
– ¿No deberías estar en New Haven? -preguntó-. ¿Estáis de vacaciones en la universidad?
– Debería estar en Yale, pero no estoy -dijo ella-. Estoy aquí.
– ¿Quieres decirme por qué?
Ella estudió su rostro y sus ojos avellana. Hannah había entrado en su familia de repente; una más entre los bastardos engendrados por Billy Bingham. Ron la había acogido con cariño y deseó que eso no cambiara.
– ¿Te importaría que te dijese que no y cambiase de tema?
– Sobreviviría.
– Me alegro -sonrió-. ¿Qué haces tú aquí, rodeado de plantas? ¿No tienes un imperio que dirigir?
