
– ¿El hijo más joven y salvaje de los adinerados Bingham? -Jeanne alzó las cejas-. ¿No murió?
– Hace mucho tiempo.
Eric recordó que había muerto un año después de que Hannah se enterase de que era su hija bastarda. Ése fue el verano en que se conocieron. La abuela de Hannah la había apuntado a clases de vela y él había sido su profesor. Él tenía dieciséis años y se consideraba mucho mayor que ella, pero se hicieron amigos. En aquella época ella fue la única persona con la que podía hablar.
– Supongo que si es una Bingham no hará falta comprobar su crédito. Debe tener dinero -dijo Jeanne.
– He quedado con ella en la casa a las tres. Tendrás que reorganizar mis citas para dejarme la tarde libre.
– ¿Vas a salir de la oficina antes de las siete y media? -Jeanne agitó las pestañas con descaro.
– Vender la casa es responsabilidad mía.
– A mí no tienes que convencerme de que haces lo correcto. Estoy encantada. No recuerdo la última vez que tuviste una cita.
– Mi vida personal…
– Lo sé -cortó ella-, no es de mi incumbencia. Lo siento, Eric. Casi todas las mujeres entre veinte y cuarenta años en un radio de cincuenta kilómetros han intentado conquistarte; pero tú sólo sales con las que sólo quieren pasarlo bien. ¿No quieres casarte?
La miró fijamente, en silencio.
– De acuerdo, no contestes -ella apretó los labios-. No necesitas consejos maternales. Pero alguien debe dártelos -sin rastro de desánimo siguió hablando-. Te dejaré la tarde libre. Aunque sea una compradora, hasta tú debes haber notado que Hannah es una mujer muy atractiva. Antes te gustaba y puede que vuelva a gustarte. Sé amable, llévala a cenar. No te mataría involucrarte, ¿sabes? -con eso, se marchó y lo dejó solo.
Eric volvió a mirar el informe que había estado leyendo, pero las palabras de Jeanne le rondaban la cabeza. Tenía razón en que una relación no lo mataría.
