Zofia se volvió con la intención de darle las gracias y despedirlo, pero quedó inmediatamente atrapada por los ojos que la miraban. Los dos se miraron largamente, incapaces de decir nada. Lucas intentó hablar, pero de su garganta no salió ningún sonido. Escrutaba en silencio las facciones de aquel rostro femenino tan turbador como desconocido. Ella, que se había quedado sin una gota de saliva en la boca, acercó una mano a la barra y buscó a tientas algo de beber. Un cruce de gestos torpes hizo volcar el vaso, que rodó por la barra de cinc, cayó al suelo y se hizo añicos. Zofia se agachó para recoger con precaución tres trozos de cristal; Lucas se inclinó con intención de ayudarla y recogió cuatro más. Cuando se incorporaron, siguieron mirándose.

Mathilde los había observado a ambos y dijo, irritada:

– ¡Voy a barrer!

– Quítate el delantal y vámonos. Es tardísimo -repuso Zofia apartando la mirada.

Saludó a Lucas con un gesto de cabeza y arrastró sin contemplaciones a su amiga hasta la calle. Al llegar al aparcamiento, apretó el paso. Después de haberle abierto la puerta a Mathilde, subió al coche, arrancó y salió como una exhalación.

– Pero ¿qué te pasa? -preguntó Mathilde, desconcertada.

– ¿A mí? Nada de nada.

Mathilde hizo girar el retrovisor central.

– Mírate la cara y repítemelo.

El coche circulaba deprisa por el puerto. Zofia abrió la ventanilla y un aire helado invadió el interior del vehículo. Mathilde se estremeció.

– Ese hombre es terriblemente grave -murmuró Zofia.

– A ver, los conozco altos, bajos, guapos, feos, delgados, gordos, peludos, imberbes, calvos…, pero graves…, la verdad, me has dejado de una pieza.

– Entonces, confía en mí. Ni yo misma sé cómo calificarlo. Es un hombre triste, y parece tan atormentado… Nunca había…

– Pues con lo que te gustan las almas en pena, es el candidato perfecto para ti. ¡Seguro que acabas con una pequeña herida en el ventrículo izquierdo!



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