
– Un japonés verde, ¡lo que hay que ver! -masculló mientras quitaba el freno de mano.
Lucas miró el reloj; al ver que iba con retraso, aceleró. Sentado en una plataforma de amarre, un vagabundo llamado Jules se encogió de hombros mientras miraba alejarse el coche. Un último blup murió en la superficie.
– ¿Saldrá de ésta?
Era la tercera vez que la voz de Lucas la sobresaltaba esa noche.
– Espero que sí -respondió ella, mirándolo de arriba abajo-. ¿Quién es usted exactamente?
– Lucas. Lo siento y me alegro a la vez -dijo, tendiéndole la mano.
Era la primera vez que Zofia notaba el peso del cansancio. Se levantó y se acercó a la máquina de café.
– ¿Quiere uno?
– No tomo café -contestó Lucas.
– Yo tampoco -dijo ella, contemplando la moneda de veinte céntimos mientras la hacía girar en el hueco de la mano-. ¿Qué hace aquí?
– Lo mismo que usted. He venido a ver cómo está su amiga.
– ¿Por qué? -preguntó Zofia, guardándose la moneda en el bolsillo.
– Porque tengo que redactar un informe y, de momento, en la casilla «víctimas» he puesto la cifra 1. Así que vengo a verificar si debo corregir la información o no es necesario. Me gusta hacer los informes el mismo día; me horroriza el retraso.
– ¡Sabía que no andaba desencaminada!
– Debería haber aceptado mi invitación a cenar. Si lo hubiese hecho, ahora no estaríamos aquí.
– Ya entiendo por qué ha dicho antes lo del tacto. ¡Es usted un experto en la materia!
– Tardará en salir del quirófano. Un trinchante de patos causa muchos destrozos cuando se clava en un muslo humano. Van a necesitar horas para coser todo eso. ¿Me permite que la lleve a la cafetería de enfrente?
