– No, no se lo permito.

– Como quiera. Esperaremos aquí. Es más desagradable, pero si lo prefiere… En fin ¡qué le vamos a hacer!

Estaban sentados uno de espaldas al otro desde hacía más de una hora cuando el cirujano apareció por fin al final del pasillo. No hizo chascar los guantes de látex (los cirujanos tenían la costumbre de quitárselos al salir del quirófano y echarlos a los cubos dispuestos a tal efecto). Mathilde estaba fuera de peligro: la arteria no se había visto afectada, el escáner no mostraba ninguna señal de traumatismo craneal y la columna vertebral estaba intacta.

Mathilde tenía dos fracturas no desplazadas -una en una pierna y la otra en un brazo- y le habían dado unos puntos de sutura. Estaban escayolándola. No podía descartarse que hubiera alguna complicación, pero el médico era optimista. No obstante, deseaba que permaneciera en reposo absoluto durante las siguientes horas. Le pidió a Zofia que avisara a sus allegados de que no se le permitiría recibir ninguna visita hasta la mañana siguiente.

– Eso está hecho -dijo ella-. Soy la única.

Le dio a la responsable de la planta el número de su busca. Al salir, pasó por delante de Lucas y, sin dirigirle una mirada, lo informó de que no tendría que hacer un tachón en su informe. Luego desapareció. Lucas la alcanzó en el aparcamiento desierto mientras ella buscaba las llaves.

– Si pudiera dejar de sobresaltarme, le estaría muy agradecida -dijo Zofia.

– Creo que hemos empezado con mal pie -dijo Lucas en voz baja.

– ¿Empezado qué? -replicó Zofia.

Lucas dudó antes de responder:

– Digamos que a veces soy un poco directo en mi lenguaje, pero me alegro sinceramente de que su amiga haya salido de ésta.

– Bueno, por lo menos hemos compartido algo hoy. ¡No hay nada imposible! Y ahora, si tiene la bondad de dejarme abrir la puerta…

– ¿Y si fuéramos a compartir también una taza de café? Por favor…



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