Zofia permaneció en silencio.

– ¡Lo borro! -prosiguió Lucas-. Usted no toma y yo tampoco. ¿Qué le parece un zumo de naranja? Justo aquí enfrente los hacen buenísimos.

– ¿Por qué tiene tantas ganas de beber algo conmigo?

– Porque acabo de llegar a la ciudad y no conozco a nadie. He pasado tres años muy solo en Nueva York, lo que no tiene nada de original. La Gran Manzana me ha vuelto poco elocuente, pero estoy decidido a cambiar.

Zofia inclinó la cabeza y escrutó a Lucas.

– Está bien, volveré a empezar -dijo éste-. Olvide Nueva York, mi soledad y todo lo demás. No sé por qué tengo tantas ganas de tomar algo con usted. En realidad, me da igual tomar algo o no; de lo que tengo ganas es de conocerla. Ya está, le he dicho la verdad. Sería una buena acción por su parte decir ahora que sí.

Zofia miró el reloj y dudó unos segundos. Luego sonrió y aceptó la invitación. Cruzaron la calle y entraron en el Krispy Kreme. El pequeño local olía a pastas recién hechas; una bandeja de buñuelos acababa de salir del horno. Se sentaron junto a la cristalera. Zofia no comió nada, pero miró perpleja a Lucas, que engulló siete buñuelos con azúcar glaseado en menos de diez minutos.

– Por lo que veo, de todos los pecados capitales, la gula no le ha traumatizado lo más mínimo -dijo en tono jocoso.

– Todo eso de los pecados es ridículo -repuso él chupándose los dedos-, trucos de monje. ¡Un día sin buñuelos es peor que un día con sol!

– ¿No le gusta el sol? -le preguntó Zofia, sorprendida.

– ¡Pues claro! ¡Me encanta! Produce quemaduras y cáncer de piel; los hombres se asfixian con la corbata bien anudada al cuello; a las mujeres les horroriza pensar que el maquillaje se les va a correr; todo el mundo acaba pillando un resfriado por culpa de los aparatos de aire acondicionado, que perforan la capa de ozono; la contaminación aumenta y los animales se mueren de sed, por no hablar de los ancianos que perecen a causa del calor. Perdone, pero el sol no lo ha inventado ni mucho menos quien la gente cree.



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