
– Tiene usted un extraño concepto de las cosas.
Zofia escuchó con más atención a Lucas cuando éste dijo en tono grave que había que ser más honesto cuando se calificaba el mal y el bien. El orden de las palabras intrigó a Zofia. Lucas había mencionado varias veces el mal antes que el bien, cuando habitualmente la gente hacía lo contrario.
De repente se le ocurrió que quizá fuera un Ángel Verificador enviado para controlar el buen desarrollo de su misión. Muchas veces se los había encontrado en operaciones menos ambiciosas. Lucas era tan provocador que, cuanto más hablaba, más verosímil le parecía la hipótesis. Mientras se acababa el noveno buñuelo, anunció con la boca medio llena que le encantaría volver a verla. Zofia sonrió. Lucas pagó la cuenta y salieron.
En el aparcamiento desierto, Lucas levantó la cabeza hacia arriba.
– Hace un poco de fresco, pero el cielo está realmente sublime, ¿no cree?
Ella había aceptado su invitación a cenar juntos al día siguiente. Si, por casualidad, los dos trabajaban para la misma casa, quien había querido ponerla a prueba quedaría bien servido; pensaba pasárselo en grande. Zofia montó en su coche y regresó a casa.
Aparcó delante de la puerta y procuró no hacer ruido al subir la escalera de entrada. Ninguna luz bañaba el recibidor; la habitación de Reina Sheridan estaba cerrada.
Antes de entrar, alzó los ojos: en el firmamento no había ni nubes ni estrellas.
Y atardeció y amaneció…
Segundo día
Mathilde se había despertado al amanecer. Durante la noche la habían trasladado a una habitación, donde el tedio ya empezaba a abrirse camino. Desde hacía quince meses, la hiperactividad había sido el único remedio para curarse las lesiones de otra vida en la que el cóctel explosivo de desesperación y drogas casi había acabado con ella.
