El neón que crepitaba sobre su cabeza le recordaba las largas horas pasadas luchando contra el mono, que tiempo atrás le desgarraba las entrañas provocándole increíbles dolores. Un recuerdo de días dantescos en los que Zofia, a quien ella llamaba su ángel de la guarda, tenía que sujetarle las manos. Para sobrevivir, Mathilde se mutilaba el cuerpo, lo arañaba hasta arrancarse la piel para inventar nuevas heridas que diluyeran los castigos insoportables de los placeres pasados.


A veces le parecía notar aún en la parte posterior del cráneo las punzadas de los hematomas, consecuencia de los múltiples golpes que se asestaba en el transcurso de noches abandonadas a sufrimientos interminables. Se miró la sangradura del codo; semana tras semana, las marcas de los pinchazos se habían borrado en signo de redención. Tan sólo quedaba aún un puntito violáceo sobre una vena, como un recordatorio del lugar por el que la muerte lenta había entrado. Zofia empujó la puerta de la habitación.

– Justo a tiempo -dijo, dejando un ramo de peonías sobre la mesilla de noche.

– ¿Por qué justo a tiempo? -preguntó Mathilde.

– Te he visto la cara al entrar y la predicción meteorológica de tu moral tenía pinta de muy variable con tendencias tormentosas. Voy a pedirles un jarrón a las enfermeras.

– Quédate conmigo -dijo Mathilde con voz apagada.

– Las peonías están casi tan impacientes como tú; necesitan mucha agua. No te muevas, vuelvo enseguida.

Mathilde, sola en la habitación, contemplaba las flores. Con el brazo indemne, acarició las sedosas corolas. Los pétalos de peonía tenían el mismo tacto que el pelaje de los gatos, y a Mathilde le encantaban los felinos. Zofia interrumpió su ensoñación entrando con un cubo en la mano.

– Es lo único que tenían. En fin, no pasa nada, no son flores con ínfulas de grandeza.

– Son mis preferidas.



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