
– Lo sé.
– ¿Cómo has podido conseguirlas en esta época del año?
– ¡Ah, eso es un secreto!
Zofia contempló la pierna escayolada de su amiga y después la tablilla que le inmovilizaba el brazo. Mathilde sorprendió su mirada.
– ¡Te pasaste un poco jugando con el encendedor! ¿Qué ocurrió exactamente? No recuerdo casi nada. Estábamos hablando, tú te levantaste, yo no, y después… un inmenso agujero negro.
– No, un escape de gas en el falso techo de la antecocina. ¿Cuánto tiempo tienes que quedarte aquí?
Los médicos habrían aceptado dejar salir a Mathilde al día siguiente, pero no tenía medios para disponer de asistencia a domicilio y su estado la privaba de autonomía. Cuando Zofia se disponía a irse, Mathilde rompió a llorar.
– No me dejes aquí, este olor de desinfectante me vuelve loca. Ya he pagado bastante, te lo juro. No aguantaré. Tengo tanto miedo de volver a caer que finjo tomarme los calmantes que me dan. ¡Sé que soy una carga para ti, Zofia, pero sácame ahora mismo de aquí!
Zofia se acercó a la cabecera de la cama y acarició la frente de su amiga para calmarla. Le prometió que haría todo lo posible para encontrar una solución cuanto antes. Volvería a pasar a verla por la noche.
Al salir del hospital, Zofia se dirigió a los muelles; la esperaba un día agitado. El tiempo pasaba deprisa y ella tenía una misión que cumplir y algunos protegidos a los que no podía abandonar. Fue a hacerle una visita a su viejo amigo vagabundo. Jules había abandonado el mundo sin haber identificado nunca el camino que lo había conducido al arco número siete, donde había establecido su domicilio provisional: sencillamente, una serie de terribles jugarretas que le había hecho la vida. Una reducción de plantilla había puesto fin a su carrera. Una simple carta le había anunciado que ya no formaba parte de la compañía que había sido toda su existencia.
A los cincuenta y ocho años aún se es muy joven, y aunque las empresas de cosméticos juraban que al acercarse a los sesenta uno todavía tenía la vida por delante cuidando mínimamente su capital estético, esa afirmación no convencía a sus propios departamentos de recursos humanos cuando evaluaban la evolución de la carrera de sus mandos.
