
Lo mismo hizo Rona. Había estado tan inmersa que sintió como si el látigo la hubiese golpeado a ella… allí.
Su interior se fundió en un charco de calor líquido. La recepcionista le había informado correctamente… se trataba de una flagelación erótica. Menos mal.
La música cambió, comenzando el final dramático del movimiento, e incluso las conversaciones murmuradas se apagaron. Rona casi podía oler la excitación en la sala, y sus manos formaron puños. Tan violento… tan excitante.
Él estaba azotando los muslos de la mujer ahora, los golpes moviéndose gradualmente hacia arriba, aún más duros que antes. Y otra vez golpeó los hilos ligeramente entre sus piernas.
El chillido de la mujer se convirtió en un bajo gemido. Luego su espalda, debajo de sus muslos, y hacia arriba lentamente. La tercera vez que le pegó a su coño, la mujer gritó y llegó a su clímax, retorciéndose en sus cadenas.
Un hilo de sudor corrió por el hueco de la base de la columna vertebral de Rona, y su respiración entrecortada luchaba contra el apretado corsé. ¿Cómo podría algo como esto… unos latigazos… ponerla tan caliente?
La multitud aplaudía mientras el hombre liberaba a su víctima. Aunque víctima no podía ser la palabra correcta, no con esa expresión de satisfacción en su rostro. Rona parpadeó sorprendida cuando un hombre joven saltó al escenario y tomó a la mujer en sus brazos. Después de un beso muy cargado de lengua, la pareja se detuvo el tiempo suficiente para que los dos hombres se dieran la mano y para que la mujer besase la parte de atrás del mango del flogger.
¿Él había azotado a una mujer que no era suya?
Rona tragó duro. Su fantasía de un amante amarrándola, tal vez incluso azotándola, parecía pálida al lado de la realidad de lo que acababa de ocurrir.
