– Buenos días -dijo él.

La mujer, que parecía estar cerca de los cuarenta, alzó la mirada. Se quedó boquiabierta, se levantó y sacudió las manos.

– Oh, vaya, estás aquí. ¡Estás aquí! No puedo creerlo -corrió hacia él-. Hola, soy Rachel. Mi padre es un súper fan tuyo. Se va a morir cuando le diga que te he conocido.

– Espero que no -dijo Raúl con tono distendido mientras sacaba una tarjeta de la mochila y buscaba un bolígrafo.

– ¿Qué?

– Que espero que no se muera.

Rachel se rio.

– No lo hará, pero se pondrá celoso. Había oído que vendrías y aquí estás. ¡Esto es tan emocionante! Raúl Moreno en nuestra escuela.

– ¿Cómo se llama tu padre?

– Norm.

Firmó la tarjeta y se la dio.

– Puede que esto le ayude a llevar mejor la decepción.

Ella tomó la tarjeta con sumo respeto y se llevó una mano al pecho.

– Muchas gracias. Es maravilloso -miró el reloj y suspiró-. Supongo que ahora tengo que llevarte a la clase de la señorita Miller.

– Sí, creo que será mejor que vaya a hablar con los niños ya.

– Bien. Para eso estás aquí. Ha sido maravilloso conocerte.

– Lo mismo digo, Rachel.

Ella salió de detrás del mostrador y fueron al pasillo. Mientras caminaban, la mujer le hablaba sobre el colegio y el pueblo a la vez que lo miraba con una mezcla de aprecio y flirteo. Estaba acostumbrado a eso, iba con su profesión, y hacía tiempo que había aprendido a no tomarse tanta atención demasiado en serio.

La clase de la señorita Miller se encontraba al final del pasillo. Rachel le abrió la puerta.

– Buena suerte -le dijo.

– Gracias.

Entró solo en el aula.

Había alrededor de veinte niños, todos mirándolo con los ojos como platos, mientras su profesora, una atractiva mujer de unos cuarenta años, se sonrojaba.



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