– No puedo olvidarlo -admitió.

– Tendrás que hacerlo. Tal vez no hoy, pero pronto. Puedes recuperarte, Raúl. Ábrete a la gente.

Parecía imposible, pero llevaba casi veinte años confiando en Hawk.

– Haré lo que pueda.

– Bien. Llama a Nicole.

– Lo haré.

Colgaron.

Raúl se quedó unos segundos sentados dentro del coche pensando en lo que Hawk le había dicho. Implicarse. Encontrar un objetivo. Lo que el otro hombre no sabía era lo mucho que él quería evitar todo eso. Implicarse era lo que había causado el problema en un principio. La vida era mucho más segura si la vivías desde la distancia.

Salió del coche y agarró la mochila que había llevado. Siempre que visitaba una escuela, llevaba unos cuantos balones oficiales de la Liga Nacional y tarjetas firmadas de los jugadores. Eso ponía muy contentos a los niños y por eso estaba allí. Para entretenerlos y motivarlos.

Se fijó en el edificio principal de la escuela. Era viejo, pero estaba bien conservado. Solía charlar con chavales de instituto, pero la directora y la maestra le habían insistido demasiado. Era nuevo en el pueblo y, ya que tenía pensado quedarse en Fool’s Gold de manera permanente, había decidido que cedería y cooperaría.

Entró en el edificio y lo primero en lo que se fijó fue en que, a diferencia de las escuelas de las grandes ciudades que solía visitar, en ésa no había ni detector de metales ni guardias. Las puertas dobles estaban abiertas, los pasillos eran amplios y bien iluminados, las paredes libres de grafitis. Al igual que el resto de Fool’s Gold, la escuela era demasiado perfecta para ser verdad.

Siguió las indicaciones que lo conducían hasta el despacho principal y se vio en una gran zona abierta con un largo mostrador donde estaban los típicos boletines de anuncios con folletos para fomentar la lectura y programas extra escolares. Una mujer de cabello oscuro estaba sentada en un escritorio tecleando algo en un viejo ordenador.



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