Centró su atención de nuevo en los alumnos, respiró hondo y frunció el ceño. Volvió a inspirar y olió algo extraño.

Si hubiera sido un instituto, habría dado por hecho que algún experimento había salido mal en el laboratorio de ciencias o que se les estaban quemando las galletas en clase de labores domésticas. Pero en las escuelas elementales no disponían de esa clase de instalaciones.

Se giró hacia la señorita Miller.

– ¿Huele eso?

Ella asintió con una mirada azul cargada de preocupación.

– Tal vez ha sucedido algo en la cafetería.

– ¿Hay un incendio? -preguntó uno de los niños.

– Quedaos sentados todos -dijo con firmeza la señorita Miller mientras iba hacia la puerta.

La abrió lentamente y, al hacerlo, el olor a humo se hizo más intenso. Unos segundos después, saltaron las alarmas de incendios.

La mujer se giró hacia él.

– Es solo el segundo día de colegio. Aún no hemos practicado el simulacro. Creo que hay un incendio de verdad.

Los niños ya estaban de pie y parecían asustados, al borde del pánico.

– ¿Sabéis hacia dónde tenemos que ir? ¿Conocéis la salida? -les preguntó él.

– Claro.

– Bien -se giró hacia los estudiantes-. ¿Quién está al mando aquí? -preguntó lo suficientemente alto como para que lo oyeran por encima de la sirena.

– ¡La señorita Miller! -gritó alguien.

– Exactamente. Poneos en fila y seguid a la señorita Miller por el pasillo. Habrá muchos niños ahí fuera. Mantened la calma. Yo iré el último y me aseguraré de que todos salís del edificio.



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