
La señorita Miller les indicó a sus alumnos que fueran hacia la puerta.
– Seguidme -les dijo-. Iremos deprisa. Todos de la mano. No os soltéis. Todo va bien. Manteneos juntos.
La señorita Miller salió por la puerta. Los niños comenzaron a seguirla y Raúl esperó para asegurarse de que ninguno se quedaba atrás. Un niño pareció dudar un poco antes de marcharse.
– No pasa nada -le dijo Raúl con un tono deliberadamente calmado. Fue a agarrar al niño de la mano, pero el pequeño se estremeció y se encogió, como si fuera a esperar que lo golpeara. El chico, pelirrojo y pecoso, se alejó antes de que Raúl pudiera decir nada.
Raúl salió al pasillo. El olor a humo era más intenso. Había varios niños llorando y unos cuantos en mitad del pasillo tapándose los oídos. Las sirenas sonaban sin cesar mientras los profesores les gritaban a sus alumnos que los siguieran hasta la calle.
– Vamos -dijo él tomando en brazos a la pequeña que tenía al lado-. Vamos.
– Estoy asustada -dijo la niña.
– Soy lo suficientemente grande como para protegerte.
Otro niño se agarró a su brazo. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
– Suena demasiado fuerte.
– Pues vamos fuera, donde hay menos ruido.
Caminaba deprisa, instando a los niños a avanzar con él. Los profesores corrían de un lado a otro, contando niños, comprobando que no se dejaban a ninguno atrás.
Cuando Raúl y su grupo de niños llegaron a las puertas principales que conducían a la calle, los niños salieron corriendo. Dejó en el suelo a la niña, que corrió hacia su profesora. Podía ver el humo alzándose en el aire, una nube grisácea que cubría el brillante azul.
Los estudiantes se agolpaban a su alrededor. Se gritaron sus nombres. Los profesores colocaron a los grupos por cursos y después por clases. Raúl se giró y volvió a entrar en el edificio.
Ahora podía hacer algo más que oler humo. Podía verlo. El aire era espeso y cada vez más oscuro, haciendo que resultara difícil respirar. Fue aula por aula, abriendo puertas, comprobando debajo de las grandes mesas de los profesores, observándolo todo para asegurarse de que nadie se había quedado atrás.
