Encontró a una diminuta niña en una esquina de la tercera clase en la que entró; tenía la cara llena de lágrimas. Estaba tosiendo y sollozando. La levantó, se giró y casi se chocó con una bombera.

– Yo la llevo -dijo la mujer mirándolo desde detrás de una máscara y agarrando a la niña-. Salga de aquí ahora mismo. El edificio tiene setenta años. A saber qué cóctel químico hay en el aire.

– Podría haber más niños.

– Lo sé, y cuanto más tiempo estemos aquí hablando, en más peligro estarán. Ahora, muévase.

Siguió a la bombera hasta salir del edificio. No fue hasta que estuvo fuera cuando se dio cuenta de que estaba tosiendo y ahogándose. Se agachó intentando tomar aire.

Cuando pudo volver a respirar, se puso derecho. La escena era un caos controlado. Había tres camiones de bomberos delante de la escuela. Los alumnos se apiñaban en el césped, bien retirados del edificio. El humo salía en todas las direcciones.

Unas cuantas personas gritaron y señalaron algo. Raúl se giró y vio llamaradas saliendo del tejado en un extremo del colegio.

Se giró para volver a entrar, pero una bombera lo agarró del brazo.

– Ni se le ocurra -le dijo-. Déjeselo a los profesionales.

Ella sacudió la cabeza.

– ¿Ha entrado antes, verdad? Civiles. ¿Cree que llevamos máscaras porque son bonitas? ¡Médicos! -gritó la última palabra y lo señaló.

– Estoy bien -logró decir mientras sentía presión en el pecho.

– Deje que adivine. Es médico también. Coopere con esta agradable señorita o le diré que necesita que le pongan un enema.

Capítulo 2

No había nada como un desastre en la comunidad para sacar a una persona de un momento de autocompasión, pensó Pia mientras estaba en un extremo del parque de la Escuela Elemental Ronan y miraba hacia lo que había sido una hermosa vieja escuela. Ahora las llamas consumían el tejado y hacían que explotaran las ventanas. El olor a destrucción estaba por todas partes.



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