
Pia comprendió su preocupación. Charity estaba embarazada de varios meses y era la nieta de la alcaldesa.
– Está al aire libre, no le pasará nada.
Marsha contempló tanta destrucción.
– ¿Qué puede haber provocado esto?
– Lo descubriremos. Lo importante es que todos los niños y empleados están a salvo. El colegio podemos arreglarlo.
Marsha le apretó la mano.
– Eres muy racional. Ahora mismo es lo que necesito. Gracias, Pia.
– Lo superaremos juntos.
– Lo sé. Eso me hace sentir mejor. Voy a hablar con Charity.
Cuando la alcaldesa se marchó, Pia se quedó en el césped. Cada pocos segundos, una oleada de calor llegaba hasta ella junto con el olor a humo y a destrucción.
Justo esa mañana había pasado por delante del colegio y todo estaba bien. ¿Cómo podían haber cambiado las cosas tan rápido?
Antes de poder pensar en una respuesta, vio a unos padres llegando allí. Las madres y algunos padres corrieron hacia los niños, que seguían apiñados y protegidos por sus profesores. Hubo gritos de alivio y de terror. Abrazaron a sus hijos, buscaron posibles daños y les dieron las gracias a los profesores. El director del colegio estaba junto a los niños con un montón de papeles que, probablemente, serían las listas oficiales de alumnos, pensó Pia. Dadas las circunstancias, los padres tendrían que firmar antes de llevarse a sus hijos para así llevar la cuenta de todo.
Llegaron dos camiones de bomberos más y las alarmas contra incendios del colegio fueron silenciadas finalmente, pero el ruido seguía siendo ensordecedor. La gente gritaba, y los motores de los camiones rugían. Una voz por un megáfono advirtió a todo el mundo de que se mantuviera atrás, y después señaló la ubicación de los vehículos de emergencias médicas.
Pia miró en esa dirección y quedó sorprendida al ver a un hombre alto y familiar hablando con una de las mujeres de los servicios de emergencias. El pelo de Raúl estaba alborotado y su rostro manchado de hollín. Se detuvo para toser y, a pesar de todo, ese hombre seguía teniendo muy buen aspecto.
