
– Señorita O’Brian -comenzó a decir él-. Gracias por recibirme.
Ella abrió la puerta del despacho y le indicó que entrara.
– Pia, por favor. Ya me van acechando mis años de «señorita O’Brian», pero aún no estoy preparada para que se dirijan a mí de ese modo.
Él era tan guapo que bien podía haberla distraído. Bajo otras circunstancias, probablemente habría sucedido, pero en ese momento estaba demasiado ocupada preguntándose si los tratamientos de quimio le habrían dañado el cerebro a Crystal. Su amiga siempre había parecido muy racional, pero estaba claro que eso no había sido más que una fachada.
Pia le indicó a Raúl que se sentara frente a su escritorio y colgó su chaqueta en el perchero.
Su despacho era pequeño, pero funcional. Tenía una habitación principal de buen tamaño con un calendario de los últimos tres años que cubría la mayor parte de una pared.
Pósteres de distintos festivales celebrados en Fool’s Gold ocupaban el resto de la pared. Tenía un almacén y un aseo en la parte trasera, varios armarios y un archivador compulsivamente organizado. Normalmente seguía la regla de ir a hacer visitas en lugar de recibirlas, pero en esa ocasión había resultado más práctico y había tenido más sentido que Raúl se pasara por su despacho.
Claro que eso había sido antes de descubrir que le habían legado tres posibles hijos congelados.
Fue hacia la pequeña nevera que tenía en una esquina y le dijo:
– Tengo refrescos light y agua, aunque tú no tienes pinta de hacer dietas.
Él enarcó una ceja.
– ¿Estás preguntándomelo o diciéndomelo?
Ella sonrió.
– ¿Me equivoco?
– El agua está bien.
– Lo sabía.
Sacó una botella y una lata de refresco y volvió al escritorio. Después de darle la botella, se sentó y miró el bloc amarillo que tenía delante. Había algo escrito en él; podía distinguir algunas letras, pero no palabras enteras y mucho menos frases.
