
Se suponía que tenían una reunión sobre algo. Eso estaba claro. Ella se ocupaba de los festivales celebrados en el pueblo. Había una docena de eventos que organizaba cada año, pero su mente no iba más allá. Cuando intentaba recordar por qué estaba ahí Raúl, se quedaba en blanco. Tenía la cabeza llena de otras cosas.
Bebés. Crystal le había dejado sus bebés. De acuerdo, embriones, pero la implicación estaba clara. Crystal quería que sus hijos nacieran y eso significaba que iban a tener que implantárselos a alguien y que ese alguien tendría que acabar dando a luz. Aunque eso ya le parecía lo suficientemente aterrador, también estaba el horror de tener que criarlos después.
Los niños no eran como gatos. Eso lo sabía muy bien. Necesitaban más que pienso, un cuenco de agua y una caja limpia para hacer pis. Mucho más.
– Oh, Dios, no puedo hacerlo -susurró.
Raúl frunció el ceño.
– No lo entiendo. ¿Quieres que aplacemos la reunión para otro día?
¿Reunión? Oh, claro. Él estaba allí por algo. Su campamento… quería que ella…
Volvió a quedarse en blanco y al instante sintió pánico.
Se levantó y comenzó a respirar hondo y aceleradamente.
– No puedo hacerlo. Es imposible. ¿En qué estaba pensando? No tenía que haberlo hecho.
– ¿Pia?
Raúl se levantó y justo cuando ella se giró para decirle que lo mejor era aplazar la reunión, todo comenzó a darle vueltas y más vueltas y a oscurecerse.
Lo siguiente que supo fue que estaba en su silla, con la cabeza entre las rodillas y que algo estaba haciéndole presión en la nuca.
– Esto es muy incómodo.
– Sigue respirando.
– Es más fácil decirlo que hacerlo. Suéltame.
– Un par de veces más.
La presión de su nuca disminuyó. Lentamente, se puso recta y se extrañó ante lo que vio.
Raúl Moreno estaba de cuclillas a su lado, con su oscura mirada cargada de preocupación. Respiró hondo una vez más y se dio cuenta de que él olía realmente bien; a limpio, pero con un toque de algo más.
