
– ¿Estás bien? -le preguntó él.
– ¿Qué ha pasado?
– Has empezado a desmayarte.
Raúl la miró a los ojos y ella parpadeó y sacudió la cabeza.
– Yo no me desmayo. Nunca me desmayo. Yo… -recobró la memoria-. Oh, mierda -se cubrió la cara con las manos-. No estoy nada preparada para ser madre.
Raúl se movió con una velocidad que hacía honor a su condición física y que resultó casi cómica al mismo tiempo.
– ¿Problemas con algún hombre? -preguntó con cautela y poniendo una distancia de seguridad.
– ¿Qué? -ella bajó las manos-. No. No estoy embarazada. Para eso hace falta sexo… o no. La verdad es que no haría falta… No, esto no puede estar pasando.
– De acuerdo -él parecía nervioso-. ¿Debería llamar a un médico?
– No, pero puedes irte si quieres. Estoy bien.
– Pues no pareces estar bien.
Ahora fue ella la que enarcó las cejas.
– ¿Estás criticando algo sobre mi aspecto?
Él sonrió.
– Jamás me atrevería a hacerlo.
– Pues ha sonado casi como una crítica.
– Sabes lo que quería decir.
Y lo sabía.
– Estoy bien. Me he llevado un fuerte impacto. Una amiga mía ha muerto hace poco; estaba casada con un militar y antes de que lo destinaran a Irak decidieron guardar unos embriones para fecundarlos in vitro para que ella pudiera tener hijos si le sucedía algo.
– Es triste, pero tiene sentido.
Ella asintió.
– Lo mataron hace un par de años. Fue muy duro para ella, pero al cabo de un tiempo decidió tener a los bebés porque así, al menos una parte de él viviría.
Pia se levantó y caminó hasta el otro lado del despacho; era como si moverse la ayudara. Respiró hondo un par de veces para asegurarse de que seguía consciente. ¿Desmayarse? Imposible. Y a pesar de ello, el mundo había empezado a desdibujarse.
Se forzó a volver al tema que estaban tratando.
