– Fue al médico para hacerse un examen rutinario y le descubrieron un linfoma; un linfoma de los malos.

– ¿Es que los hay buenos?

Ella se encogió de hombros.

– Hay un tipo que puede curarse, pero el suyo no era de ésos. Y ha muerto. Yo cuidaba de su gato y me imaginaba que acabaría quedándomelo. Nos llevamos bien… bueno, más o menos. Cuesta decirlo tratándose de un gato.

– Son muy reservados.

Hubo algo en el modo en que habló que hizo que Pia lo mirara y le preguntara:

– ¿Estás burlándote de mí?

– No.

Lo vio esbozar una media sonrisa.

– No me provoques o acabaré hablando de mis sentimientos.

– Lo que sea menos eso.

Pia volvió a su mesa y se sentó en su silla.

– No me ha dejado al gato. Me ha dejado a los embriones. No sé en qué estaba pensando. Bebés. ¡Podía habérselos dejado a cualquiera menos a mí! Y no es algo que pueda ignorar. La abogada me dio a entender que podía esperar un tiempo porque las tasas estaban pagadas durante tres años -lo miró-. Supongo que es por lo de la congelación. Tal vez debería ir a verlos.

– Son embriones, ¿qué hay que ver?

– No lo sé. Algo. ¿No pueden ponerlos en un microscopio? Tal vez si los viera, entendería algo -lo miraba como si él tuviera la respuesta-. ¿Por qué pensó que yo podía criar a sus hijos?

– Lo siento, Pia, pero no lo sé.

Parecía incómodo y tenía la mirada clavada en la puerta. De pronto, ella volvió a la realidad y se sintió avergonzada.

– Lo siento muchísimo -murmuró mientras se levantaba-. Dejaremos la reunión para otro momento, estaré mucho mejor la próxima vez. Deja que consulte mi agenda y te llamaré.

Él agarró el pomo de la puerta y se detuvo.

– ¿Estás segura de que estarás bien?

No, no estaba segura. No estaba segura de nada. Pero ése no era el problema de Raúl.

Forzó una sonrisa.

– Estoy genial. En serio, márchate. Voy a llamar a un par de amigas y me desahogaré con ellas.



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