– De acuerdo -él vaciló-. ¿Tienes mi número?

– Ajá -no estaba segura de si lo tenía o no, pero estaba decidida a dejarlo marchar mientras aún le quedara un átomo de dignidad-. La próxima vez que me veas, seré absolutamente profesional. Lo juro.

– Gracias. Cuídate.

– Adiós.

Y se marchó.

Cuando la puerta se cerró, ella se dejó caer en la silla y, después de apoyar los brazos en la mesa, posó la cabeza sobre ellos e hizo todo lo que pudo por seguir respirando.

Crystal le había dejado sus embriones y solo había dos preguntas que importaban: ¿Por qué y qué demonios se suponía que tenía que hacer ahora?


Raúl llegó a la Escuela Elemental Ronan poco después de las dos. Aparcó en el aparcamiento que había junto al patio y no le extrañó que el suyo fuera el único Ferrari por allí. Le gustaban esa clase de juguetitos.

Antes de poder bajar del coche, su móvil sonó. Miró el reloj, aún tenía unos minutos antes de acudir a su cita, y vio el número reflejado en la pantalla. Sonrió mientras contestaba.

– Hola, entrenador.

– Hola -dijo Hawk, su antiguo entrenador del instituto-. Hace tiempo que Nicole no sabe nada de ti y llamo para averiguar por qué.

Raúl se rio.

– La semana pasada hablé con tu preciosa mujer, así que sé que no me llamas por eso.

– Me has pillado. Estoy vigilándote, asegurándome de que estás siguiendo adelante con tu vida.

Así era Hawk, pensó Raúl con frustración y aprecio a partes iguales.

– Has pasado por cosas malas -siguió diciendo el hombre-, pero no te regocijes en ello.

– No lo hago. Simplemente estoy ocupado.

– Le das demasiadas vueltas a las cosas. Te conozco. Búscate un objetivo, implícate personalmente en tu nuevo pueblo. Te distraerá. No puedes cambiar lo que ha pasado.

El buen humor de Raúl se disipó. Hawk tenía razón. El pasado no podía cambiarse. Los que se habían ido no volverían y eso era algo que no podía solucionarse ni con todo el dinero del mundo.



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