
– Cantar madrigales -dijo él a las niñas, sonriendo-, puede ser muy satisfactorio pero también muy frustrante, ¿verdad? Tal vez sólo hay otra persona en el grupo cantando la misma voz de uno y seis u ocho aullando otras muy diferentes. Si la persona aliada vacila uno se pierde sin esperanzas de recuperación. Nunca dominé el arte cuando estaba en el colegio, debo confesar. Durante mi primera práctica alguien me sugirió que debería intentar entrar en el equipo de criquet, que practicaba a la misma hora.
Las niñas se rieron, todas visiblemente relajadas.
– Apuesto a que hay algo en vuestro repertorio que podéis cantar a la perfección -continuó él. Volvió su sonriente cara hacia la señorita Wilding-. ¿Podría tener el honor de oírlo?
– El Cuco, señorita -sugirió Sylvia Hetheridge, y a eso siguió un murmullo de aprobación de las demás.
Y lo cantaron a cinco voces sin equivocarse ni una sola vez ni dar una nota disonante, y un glorioso chaparrón de «cucus» resonó en la sala cada vez que llegaban al coro de la canción.
Cuando terminaron, todas se volvieron hacia el marqués de Attingsborough como si fuera un miembro de la realeza allí de visita, y él aplaudió y sonrió.
– ¡Bravo! -exclamó-. Vuestra habilidad me abruma, por no decir la belleza de vuestras voces. Estoy convencido más que nunca que hice bien al continuar con el criquet.
Cuando salieron de la sala todas las niñas estaban riendo y mirándolo adoradoras.
En la sala de baile estaba el señor Huckerby enseñando a un grupo de niñas los pasos de una contradanza particularmente complicada que ejecutarían durante la fiesta de fin de año. El marqués le estrechó la mano y a las niñas les sonrió, admiró su actuación y las hechizó, hasta que todas estuvieron sonriendo y, cómo no, mirándolo adoradoras.
