
Pero, ¡francamente!
No había creído que ese día pudiera empeorar. Se había equivocado.
– Por supuesto. Yo misma le acompañaré -dijo secamente girándose hacia la puerta.
La habría abierto ella, pero él pasó por su lado, envolviéndola durante un alarmante momento en el seductor aroma de una colonia masculina asquerosamente cara sin duda, abrió la puerta y con una sonrisa le indicó que ella saliera primero al vestíbulo.
Al menos, pensó, ya habían terminado las clases y las niñas estarían a salvo en el comedor, tomando el té.
Y en eso se equivocaba también, recordó en el instante en que abrió la puerta de la sala de arte. No faltaba mucho para la fiesta de fin de año y se estaban haciendo todo tipo de preparativos y ensayos, cada día desde la pasada semana más o menos.
Unas pocas chicas estaban trabajando con el señor Upton en el telón de fondo del escenario. Todas se volvieron al oír abrirse la puerta y al instante agrandaron los ojos y miraron boquiabiertas al grandioso visitante. Claudia se vio obligada de presentarlo al profesor. Después de estrecharle la mano, el marqués se acercó a mirar la obra de arte e hizo unas cuantas preguntas inteligentes. El señor Upton le sonrió de oreja a oreja cuando unos minutos después salió de la sala y todas las chicas se lo quedaron mirando adoradoras.
Entonces lo llevó a la sala de música, donde estaban las chicas del coro practicando un madrigal en ausencia de mademoiselle Pierre bajo la supervisión de la señorita Wilding. Cuando abrió la puerta estaban cantando a todo pulmón, con voces disonantes e irritantes, y entonces, algo cohibidas, soltaron risitas nerviosas, mientras la señorita Wilding se ruborizaba, con expresión consternada.
Con las cejas arqueadas Claudia presentó al marqués a la profesora y le explicó que ese día estaba indispuesta la profesora de música, a pesar de que mientras lo decía se sentía fastidiada consigo misma por pensar que era necesaria una explicación.
