
Mientras Claudia le enseñaba algunas de las aulas desocupadas y la biblioteca, él le hizo preguntas inteligentes y sagaces. No parecía tener ninguna prisa mientras paseaba por ellas y luego leía los títulos en los lomos de muchos de los libros.
– Había un piano en la sala de música -comentó cuando iban en dirección a la sala de costura- y otros instrumentos. En particular vi un violín y una flauta. ¿Se ofrecen clases particulares de música aquí, señorita Martin?
– Desde luego. Ofrecemos todo lo necesario para hacer de nuestras alumnas damitas expertas, además de personas con una sólida educación académica.
Él paseó la mirada por la sala de costura desde la puerta, pero no entró.
– ¿Y enseñan otras habilidades además de coser y bordar? ¿Labor de punto, tal vez? ¿Labor de encaje? ¿Ganchillo?
– Las tres cosas -contestó ella, cerrando la puerta y llevándolo hacia el salón de actos, que antes, cuando era una casa particular, había sido un salón de baile.
– El diseño es muy estético -comentó él, situándose en medio del brillante piso de madera y dándose toda una vuelta, para luego mirar el elevado cielo raso abovedado-. En realidad, me gusta todo el colegio, señorita Martin. Hay ventanas y luz en todas partes y una atmósfera agradable. Gracias por este recorrido guiado.
La miró con su más encantadora sonrisa, y ella, todavía con la tarjeta de visita de él y la carta de Susanna en la mano, se cogió la muñeca con la que tenía libre y lo miró intencionadamente severa.
– Me alegra que lo apruebe -dijo.
Él interrumpió la sonrisa un momento y luego se rió en voz baja.
– Le ruego que me disculpe. Le he ocupado mucho de su tiempo.
Diciendo eso indicó la puerta con el brazo y ella salió delante de él en dirección al vestíbulo, pensando, y fastidiada por pensarlo, que en cierto modo había sido descortés, porque con esas últimas palabras había pretendido ser irónica, y él se había dado cuenta.
