Pero antes de que llegaran al vestíbulo se vieron obligados a detenerse porque en ese momento estaban saliendo del comedor en ordenada fila las alumnas de la clase de las menores, en dirección a la sala de estudio, donde se pondrían al día con los deberes que no habían terminado en clase o a leer, escribir cartas o hacer labor de aguja.

Todas giraron las cabezas para mirar al grandioso visitante, y el marqués de Attingsborough les sonrió afablemente, incitándolas a soltar risitas y pavonearse mientras continuaban su camino.

Todo lo cual demostraba, pensó Claudia, que incluso las chicas de once y doce años eran incapaces de resistirse a los encantos de un hombre apuesto. Eso era mal presagio, o continuaba siendo un mal presagio, para el futuro de la mitad femenina de la raza humana.

El señor Keeble, con un feroz entrecejo, bendito su corazón, tenía en sus manos el sombrero y el bastón del marqués y estaba junto a la puerta como para retarlo a intentar prolongar otro rato más su visita.

– ¿Será, entonces, hasta pasado mañana a primera hora, señorita Martin? -dijo el marqués cogiendo su sombrero y su bastón y volviéndose hacia ella mientras el señor Keeble abría la puerta y se hacía a un lado, listo para cerrarla tan pronto como saliera.

– Estaremos listas -contestó ella, asintiendo con la cabeza.

Y por fin se marchó. No dejó a Claudia con una disposición amable hacia él. ¿De qué había ido todo «eso»? Deseó ardientemente poder retroceder media hora y rechazar su ofrecimiento de acompañarlas a ella y a las niñas a Londres pasado mañana.

Pero no podía retroceder, y ya está.

Entró en su despacho y se miró en el pequeño espejo que tenía en el lado interior de la puerta pero que rara vez utilizaba.

Vaya por Dios, caramba. Sí que tenía el pelo aplastado y opaco; se le habían escapado varios mechones del moño en la nuca. Tenía una tenue mancha de tinta en un lado de la nariz, que le quedó cuando intentó quitársela con el pañuelo. Una punta del cuello estaba ligeramente doblada hacia arriba y el cuello descentrado. Se lo arregló, demasiado tarde, claro.



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