¡Hombre horrendo! No era de extrañar que sus ojos se hubieran reído de ella a cada rato.

Recordando la carta de Susanna, rompió el sello y la desdobló. Joseph Fawcitt, marqués de Attingsborough, era el hijo y heredero del duque de Anburey, leyó en el primer párrafo, e hizo un mal gesto. Iba a ofrecerse a llevarlas a ella y a las niñas a Londres a su regreso de Bath, y no debía vacilar en aceptar. Era un caballero amable y encantador y absolutamente digno de confianza.

Al leer eso arqueó las cejas y apretó los labios.

Pero no tardó en hacérsele evidente el principal motivo de la carta de Susanna. Frances y Lucius (el conde de Edgecombe, su marido) acababan de volver del Continente, y Susanna y Peter estaban organizando un concierto en su casa en el que Frances iba a cantar. Por lo tanto, sencillamente debía alargar su estancia en Londres para oírla, y sencillamente debía alargarla otro poco más para disfrutar de algunos otros eventos de la temporada también. Si Eleanor Thompson había expresado su disposición a hacerse cargo de la escuela durante una semana, seguro que estaría dispuesta a hacerlo otra semana o más, y para entonces ya estaría a punto de acabar el trimestre de verano.

Claudia tuvo que reconocer que la invitación a quedarse más tiempo era tremendamente tentadora. Frances había sido la primera de sus profesoras y amigas que se casó. Desde entonces, con el aliento de un marido extraordinariamente progresista, se dedicaba a cantar para el público, y era muy famosa y solicitada en toda Europa. Acompañada por el conde viajaba durante varios meses cada año por Europa, de capital en capital para cumplir con los diversos contratos. No la había visto desde hacía un año, y sería maravilloso verla a ella y a Susanna durante la próxima semana, o dos, y pasar un tiempo con ellas. Pero aún así…



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