
Bajó la escalera delante del señor Keeble porque no deseaba ir a su paso de tortuga. Debería, pensó, haber ido primero a su dormitorio a comprobar si tenía una apariencia respetable, que seguro no tenía después de ese ajetreado día. Normalmente se preocupaba de presentar una apariencia pulcra ante las visitas. Pero no se dignaría a hacer ese esfuerzo por un «marqués», arriesgándose a parecer servil a sus ojos.
Cuando abrió la puerta del salón para las visitas ya estaba erizada por una indignación bastante injustificada. ¿Cómo se atrevía ese hombre a molestarla en su propiedad, fuera cual fuera el asunto que lo traía?
Miró la tarjeta que todavía tenía entre los dedos.
– ¿El marqués de Attingsborough? -preguntó, con voz no diferente a la que empleó con Paula Hern ese mediodía, una voz que decía que de ninguna manera se iba a dejar impresionar por la presunción de grandeza.
Él estaba de pie al otro lado de la sala, cerca de la ventana.
– Para servirla, señora -dijo, inclinándose en una elegante venia-. ¿Señorita Martin, supongo?
La indignación de Claudia subió a las nubes. Una sola mirada no era suficiente para hacer un juicio sensato sobre su carácter, claro, pero, francamente, si el hombre tenía alguna imperfección en el cuerpo, los rasgos o su gusto para vestirse, esta no era visible. Era alto, de hombros y pecho anchos y delgado de talle y caderas; sus piernas largas y bien formadas; su pelo moreno abundante y lustroso, su cara guapa, sus ojos y su boca indicaban que tenía buen humor. Vestía con impecable elegancia, pero sin siquiera una traza de ostentación. Sólo sus botas hessianas tenían que costar una fortuna y calculó que si se acercaba a mirarse en ellas vería reflejada su cara y tal vez su pelo aplastado y despeinado y el cuello lacio del vestido también.
Juntó las manos delante de la cintura, no fuera cosa que intentara comprobar su teoría tocándose las puntas del cuello. Continuaba con la tarjeta sostenida entre el pulgar y el índice.
