– ¿En qué puedo servirle, señor? -preguntó, evitando adrede llamarlo «milord», ridículo y afectado trato, en su opinión.

Él sonrió, y si era posible aumentar la perfección, acababa de ocurrir; tenía buenos dientes. Se fortaleció para resistirse al encanto que seguro que él poseía a toneladas.

– Vengo como mensajero, señora -metió la mano en un bolsillo interior y sacó un papel doblado y sellado-, de lady Whitleaf.

Claudia dio otro paso adentrándose en la sala.

– ¿De Susanna?

Susanna Osbourne había sido profesora en la escuela hasta su matrimonio el año anterior con el vizconde Whitleaf. Aunque a ella siempre la regocijaba la buena suerte de Susanna por ese buen matrimonio, que fue por amor, seguía lamentando su pérdida como querida amiga, colega «y» buena profesora. En el periodo de cuatro años había perdido a tres de esas amigas, por la misma causa. A veces le resultaba difícil no deprimirse egoístamente por todo eso.

– Cuando se enteró de que yo vendría a Bath -dijo el marqués- a pasar unos días con mis padres, ya que mi padre está tomando las aguas, me pidió que viniera aquí a presentarle mis respetos. Y me dio esta carta, tal vez para convencerla de que no soy un impostor.

Sus ojos volvieron a sonreír mientras atravesaba la sala para entregarle la carta. Y como si sus ojos no hubieran podido ser por lo menos del color del lodo, ella vio que eran de un azul claro casi como el de un cielo de verano.

¿Susanna le había pedido que viniera a presentar sus respetos? ¿Por qué?

– Whitleaf es primo de una prima mía -explicó él-. O una casi prima mía, en todo caso. Es complicado, como suelen serlo los parentescos. Lauren Butler, vizcondesa de Ravensberg, es prima mía porque su madre se casó con el cuñado de una tía mía. Somos muy amigos desde que éramos niños. Y Whitleaf es primo de primer grado de Lauren. Por lo tanto, en cierto sentido, él y su lady tienen una gran importancia familiar para mí.



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