
Si él era marqués, pensó Claudia, asaltada por una repentina sospecha, y su padre estaba vivo, ¿qué título tenía su padre? Pero estaba ahí a petición de Susanna, por lo tanto a ella le correspondía portarse algo mejor que sólo glacialmente educada.
– Gracias por venir personalmente a entregarme la carta -dijo-. Le estoy muy agradecida, señor. ¿Le apetecería una taza de té? -ofreció, ordenándole mentalmente que dijera que no.
– No quisiera provocarle molestia alguna, señora -dijo él, sonriendo otra vez-. Tengo entendido que dentro de dos días sale de viaje a Londres.
Ah. Susanna debió decírselo. El señor Hatchard, su agente de negocios en Londres, les había encontrado empleo a dos de las chicas mayores, las dos de régimen gratuito, pero se había mostrado insólitamente evasivo acerca de la identidad de los posibles empleadores, aun cuando ella se las había preguntado concretamente en su última carta. Lógicamente, las alumnas de pago tenían familias que se ocuparan de sus intereses, y ella se había asignado el papel de familia de las otras y jamás dejaba marchar a ninguna chica que no tuviera un empleo apalabrado ni a ninguna cuyo futuro empleo ella encontrara desacertado.
Por sugerencia de Eleanor, iba a ir a Londres con Flora Bains y Edna Wood para enterarse exactamente de en qué casas serían institutrices y retirar su consentimiento si no estaba satisfecha. Aun faltaban unas cuantas semanas para que finalizara el año escolar, pero Eleanor le había asegurado que estaba dispuesta y era muy capaz de llevar la dirección de la escuela durante su ausencia, que no duraría más de una semana o diez días. Ella había aceptado ir, en parte porque había otro asunto del que deseaba hablar personalmente con el señor Hatchard.
– Sí -contestó.
– Whitleaf pensaba enviarle un coche para su comodidad -le dijo el marqués-, pero yo le dije que era absolutamente innecesario que se tomara ese trabajo.
