¿Una solterona vieja? Tratándose de edad, pensó, probablemente no había mucha diferencia entre ellos. Bueno, eso sí era pensar. Ahí estaba ese hombre, claramente en el pináculo mismo de su atractivo masculino, unos treinta y cinco años, y ahí estaba ella.

Él la estaba mirando con las cejas arqueadas y los ojos sonrientes.

– Ah, muy bien -dijo, enérgicamente-. Pero es posible que viva para lamentar su ofrecimiento.

Él ensanchó la sonrisa y la indignada Claudia vio que el atractivo de ese hombre era infinito. Tal como había sospechado, tenía un encanto que parecía rezumar por todos sus poros y por lo tanto era un hombre del que no se podía fiar ni una pizca mientras estuviera en su presencia. Vigilaría concienzudamente a sus dos niñas durante el viaje a Londres.

– Espero que no, señora -dijo él-. ¿Saldremos temprano?

– Esa era mi intención -repuso ella, y añadió de mala gana-. Gracias, lord Attingsborough. Es usted muy amable.

– Será un placer para mí, señorita Martin. -Se inclinó en otra venia-. ¿Me permite que le pida un pequeño favor a cambio? ¿Sería posible que me hicieran un recorrido por la escuela? He de confesar que me fascina la idea de un establecimiento que da educación a niñas. Lady Whitleaf me ha hablado con entusiasmo de su establecimiento. Ella enseñó aquí, tengo entendido.

Claudia hizo una lenta respiración por entre las agitadas ventanillas de la nariz. ¿Qué motivo podría tener ese hombre para hacer un recorrido por una escuela de niñas aparte de ociosa curiosidad, o algo peor? Su instinto le aconsejó negarse rotundamente. Pero acababa de aceptarle un favor, y era un favor grande, la verdad: no dudaba de que su coche sería muchísimo más cómodo que el que había alquilado ni de que las tratarían con más respeto en todas las barreras de peaje por las que pasaran y en todas las posadas en las que se detuvieran a cambiar los caballos. Además, era un amigo de Susanna.



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